venerdì 30 giugno 2023

Nostalgia

La colpa di tutto è di mia nonna. Colpa di avermi coinvolto fin da bambino in avventure non mie nelle quali fui immediatamente rapito, immedesimandomi con il personaggio da lei narrato. Il personaggio in questione non era altri che Ulisse, un culo irrequieto che con la scusa di tornare a casa realizzò inconsciamente tanti viaggi in uno, per dieci anni.

Le leggende sono tante, i miti molteplici, ma solo le storie uniche lasciano il segno. Le storie degli uomini. Perché Ulisse alla fine era un uomo, nel vero senso della parola. E da essere umano peccatore e curioso ha vagato per quello che allora era il mondo preso dal fervore di chi non si accontenta mai. 

Il dolore del ritorno, il dolore della partenza. Il dolore di una schiena che non si arrende al passare del tempo. Dieci anni dopo la scossa che ha staccato la faglia e portato a una deliziosa e piacevole deriva.

La colpa, però, è anche dei miei genitori, che mi hanno fatto vedere la prima luce riflessa sul mare, quella distesa che, ovunque si trovi, ti fa pensare all’infinito, ti fa viaggiare costantemente. E da quando devo viaggiare anche per loro, e li vedo da ogni finestrino che mi accompagnano sorridenti, li incolpo ancora di più.

Cercando Ulisse mi sono imbattuto in Achille. Ma alla fine questi non sono altri che giri labirintici. Forse anche maldestri. Ma sono le impellenze di un nostalgico curioso, che sperso tra mari e radure cerca continuo sfogo di un’anima tribale. Oggi più che mai.

martedì 28 aprile 2020

Medio siglo de libros

“No te sabría decir, pero creo que serán unos veinte mil". Jean-pierre, dueño de una librería en Rue des Bergers, en Marsella, presenta orgulloso la que es su casa desde hace más de cincuenta años.  Este hombre de 73 años se refugia en este antro repleto de montañas de libros, y recuerda con melancolía las épocas en las que todavía se compraba este tipo de artículo.

“Los libros para mí son como amigos", cuenta este hombre que vive en pleno Cours Julien, un barrio con vida cultural propia, un poco como el mundo que habita, en el que no se mueve nunca pero viaja siempre a través de la mente.  “Me encantaría viajar. Ir a Nepal para respirar aire pure, pero no sabría a quién dejar mis libros. Mi lugar es aquí con ellos".  Le pido un libro en particular, y, tras no haberlo encontrado, me sugiere otro. Pero no me conoce y no sabe que si no encuentro un libro exacto va a ser complicado que compre otro.

De repente, mientras hablo con él, noto un librito rojo: ‘Au coeur du Vietnam’, un libro que rompe mi resistencia, una auténtica reliquia acerca de uno de mis asuntos históricos favoritos. Seguimos hablando y  Jean-pierre me confiesa que no le gusta el fútbol, una de mis pasiones. Y para hacerme perdonar le pido un libro de poesías de Rimbaud. Esta vez lo encuentra de inmediato, como si hubiese podido distinguir una gota en un Océano.

Una imponente mole di libros acumulados en medio siglo es su cara y su cruz. Un lugar indefinido del que no puede y no quiere alejarse. Porque, en el fondo, "Si un día acabaran cayéndome encima estos libros, sería para mí la mejor muerte posible..." 

domenica 12 aprile 2020

La pelota en el cajón


En días como éstos en los que falta aire y sol, el amor hacia el fútbol se revuelve en mis tripas.
Pero a la vez me avisa de que la pelota es solo una consecuencia de la vida

Los escalones del San Paolo, muy altos para un niño de apenas seis años, fueron fáciles de trepar para un ignorante impulsado por la pasión. En mi primera visita al Templo de la mano de mi padre fui totalmente embestido por una ola de emoción. Y en aquel momento sentí por primera vez un latido fuerte pulsar en el pecho y pasar a las tripas. Aquel día de abril 1990 mi papá me compró una almohada chica para que pudiera sentarme cómodo, porque todavía las obras del mundial que iba a empezar en dos meses no se habían terminado. Todo era crudo, bruto, espurio, espontáneo. 



Hoy, treinta años después, y con una serie de visitas de más al Templo, en distintos momento de la vida, la pasión se ha vuelto más tranquila y calmada. Ya no lloro como antes. Ahora ya puedo comer tranquilo si perdimos (sí, es plural porque siempre me sentí como si hubiera jugado). Mientras, yo también había jugado unos centenares de partidos en campos (si se les puede definir de esa manera) de barro o de piedras, haciendo del fútbol un lema de la vida y una compañía. La pasión por la pelota no fue tal de ver al fútbol como un posible trabajo, y entre viaje y mudanza seguí haciendo amigos gracias a este juego tan sencillo y tan popular que tiene más adeptos que una religión. 

“Las almas repudian todo encierro
Las cruces dejaron de llover…”

Hoy, que el mundo está cerrado y de paso el fútbol también, el vacío de la falta de partidos emitidos por tele se mezcla con la falta de las juntadas informales para patear una pelota con amigos o (des)conocidos. Extraño la adrenalina antes de atarme los cordones y echo de menos hasta las broncas y las muecas de dolor por unos músculos que ya no son los de cuando tenía veinte años. Y extraño esa sensación de adrenalina pulsante a tomar una birra una vez terminado el partido. 

Mi papá ya se fue de viaje eterno y esa almohada no sé dónde está, como tampoco sé dónde estará descansando la camiseta número 9 del Napoli con la firma Mars adelante, la que llevaba mi tocayo Careca.  Mi papá ya no me envía un mensaje después de cada partido. Por ahí no sé dónde estará esperando que alguna pelota vuelva a rodar porque sabe que tal vez esté yo, ya no tan joven, detrás de ella.

“Aquellas sombras del camino azul, ¿dónde están?
Yo las comparo con cipreses que vi solo en sueños”


Y yo, evidentemente, aunque no sea el niño ingenuo y atontado que subía aquellos peldaños
tan pesados consciente de que me estaba por enamorar, hoy no extraño tanto la visión
del circo.
Hoy, encerrado como todo el mundo, me doy cuenta del privilegio que era poder llorar por
una derrota, de la suerte de poder sentir el vértigo de la celebración de un gol.
Hoy, en una época inédita de un mundo en el que todos improvisamos, se juega otro partido.
Y nada importa más que eso. Porque sin un mundo libre como escenario, no tendríamos ni
este juego que tanto nos ama y que tanto amamos. 


A final no sé ni cuánto pesa ni cuánto es de grande esa pelota que me acompaña.
Embarrada, llena de sentimientos y medio desinflada me acompaña desde aquel día que
me quedé atónito por primera vez. Pero ahora llegó el momento de meterla en el cajón.
El cajón de una casa que, por ahora, ni tengo.

sabato 21 marzo 2020

Filas

O'Reilly y Villegas. La Habana Vieja. Al ruido de los transeúntes hace de contraste el ronroneo de unas personas amasadas fuera de una puerta. Una puerta que podría esconder una habitación, por lo pequeña que es. Pero no. Es una panadería y desde las ocho de las mañana reparte unas barras de medida estándar respectando una pauta precisa: la del racionamiento.

Sarmiento y Santa Fe. Rosario. En una calurosa mañana de verano, una larga cola formada por personas copa una entera vereda. Gente que busca conseguir algo de efectivo de sus ahorros en un febrero sin muchas vacaciones. El abastecimiento existe, pero no está al alcance de todos. La plata carece, y hasta para sacar lo que es de uno hace falta esperar. Y mucho.

Parajes totalmente distintos a los que estuve acostumbrado en mi vida. De tercer mundo, diría alguien, erróneamente. Porque el tercer mundo es un invento del primero y del segundo, que a la vez fueron engendrados por la Pangea política del siglo pasado.

Ahora, con la primavera que lenta y tímidamente trata de revolcar al invierno en pos de una libertad global, a mí también me tocó hacer fila. Y en mi propia ciudad natal. Una ciudad que, si bien siempre estuvo más cerca de África y de América Latina, se halla en Europa. Una ciudad en la que hoy el abastecimiento existe, pero se resiste. Y una emergencia pandemica obliga a distanciarse y a esperar turnos de racionamiento.

Es la guerra de nuestros abuelos. Es la crisis humana. Hacer filas, es lo que nos pone patas arriba. En un mundo ya al revés en el que, a partir de ahora, los privilegios también serán racionados.

venerdì 15 novembre 2019

Tiempo

Cada uno de nosotros tiene un reloj de arena, en cuyas entrañas los granitos se escurren entre nuestros dedos. Para algunos más lentamente, para otros, más rápido. Pero el ritmo no se elige. Se vive.

El tiempo no se mide. Ni se calcula. Ni pesimista ni optimista. Es el concepto abstracto más concreto y más valioso. No lo vemos. Lo sentimos en el aire.

El tiempo es volver a pisar mal en un terreno nuevo. El tiempo es cada vez virgen, se fragmenta en emociones y se divide en arrebatos. Se esfuma mientras cierras la cafetera, te atas los zapatos o sigues una senda.

El tiempo se valora cuando es poco. Es cuando carece que lo necesitamos más. En algunos momentos queremos hacerlo o matarlo, pero no lo gobernamos. Retumba en el pasado. Chirría en el presente. Se pierde en el futuro.

El tiempo no lo determinan ni agujas ni sombras. Desliza en los granos de arena que cruzan las manos. No lo podemos atrapar. Y, casi siempre, lo desperdiciamos.

Porque de los errores no aprendemos. Solo los hacemos mejores.

giovedì 1 agosto 2019

Por un puñado de pesos

Cuando salí de la terminal del Buquebus en la Dársena Norte de Buenos Aires, no era más que un treintañero recién pasado a la que tal vez sea la década más complicada de la vida. Pero sobre todo lo que tenía era mucha hambre, al llegar de Uruguay, donde me había quedado sin moneda local por despilfarrar todo lo que tenía en efectivo la noche anterior para celebrar mi cumpleaños, que por primera vez en la vida hice en verano, al ser diciembre, lejos de la familia pero en una linda playa del Río de la Plata donde el salitre menos pesado me hizo rejuvenecer como por arte de magia. Estaba de vuelta en Buenos Aires, donde había decidido ir a vivir obedeciendo a las tripas de la rebeldía interna que movían mi vida de periodista freelance con pocos ingresos pero con muchos sueños. Y las mismas tripas en aquel momento rugían y me pedían comida, aunque tampoco dispusiera de una cantidad elevada de moneda argentina como para poder satisfacer suficientemente esta necesidad. Iba con un amigo, que me acompañó en el primer mes de viaje, y ambos andábamos escasos de plata pero abundantes de hambre.

Una vez dejada atrás la terminal, la Avenida Córdoba nos recibió con su ruido y su bullicio particular, mientras hombres asfixiados por sus corbatas se cruzaban en nuestro camino y el reloj marcaba ya las 14.30. Al ser una zona de oficinas, había unos cuantos restaurantes que ofrecían menú de mediodía y, por suerte, en uno de estos el precio era acorde a los pocos pesos que nos quedaban en los bolsillos, no sé si 50 o 60, pero en estos primeros días del mundo al revés todavía no me había percatado de cuánto valían en concreto. 

Una vez entrados al restaurante, el propietario, un grandote que nos recibió con sonrisa campechana, me preguntó sin rechistar: “¿Ustedes son italianos?”. Se ve que nos había escuchado hablar o que se había fijado en las gafas de sol de mi amigo - yo no llevo hace años porque me estorban -. Después de que yo respondí de manera afirmativa, además de relatarnos una especie de poesía sobre sus platos, quiso señalar que él era nieto de italianos e incluso intentó chapurrear alguna que otra palabra, ganándose nuestra ingenua confianza en aquel restaurante tan anónimo que se estaba vaciando.

Siendo el dueño un tipo aparentemente amable, decidí probar suerte: “¿No conocería usted a alguien que nos quiera cambiar euros en pesos? Es que llevamos pocos días acá y no sabemos dónde cambiarlos al paralelo y el cambio oficial nos perjudica mucho”. Su cara hizo una mueca entre lo triste y lo alegre, como si las dos mitades de la máscara de la tragedia griega se hubiesen unido,  y me respondió, rápidamente, que no me podía ayudar. Volví entonces a concentrarme en mi comida pensando que ya para ese día no tendríamos otro remedio sino el de acudir a una casa de cambio oficial. Dos minutos después, el grandote volvió con una sonrisa y me susurró a la oreja: “Che, un amigo les puede comprar los euros”. Nacidos en Nápoles, la ciudad más latinoamericana de Europa Occidental, un lugar que de europeo tiene solamente la posición geográfica, los dos sabíamos desconfiar lo suficiente como para jugárnosla en aquel lugar.

Mientras la sonrisa del hombre dobló de amplitud, me fijé que ya nadie estaba en el restaurante salvo él y un par de empleados y miré las caras de mis comensales. Interiormente apagué un fuego de aprensión, mientras jugaba de manera nerviosa con los cubiertos y las servilletas. A los pocos las manos en los bolsillos del vaquero y una cara de vivo que se notaría desde muy lejos. Nos saludó y se acercó al jefe, que sería el mediador de la negociación. Mientras, los dos empleados todavía presentes, se dirigieron a la puerta de entrada y taparon los cristales para que desde fuera no se pudiera entrever nada.  Tragué saliva. Ya estábamos en la milonga y nos tocaba bailar aquel tango, así que decidí dar el primer paso. 

Me levanté y me fui a presentar al recién entrado, que me devolvió la mano derecha y la sonrisa, y aclaré lo que habíamos arreglado. Lo que siguió después fue ponerse en la misma mesa donde aún deambulaban migas de pan y sal y ponerse a contar. Fue la misma sensación de cuando jugaba a fútbol y tenía que patear un penal: pensar no servía a nada, lo único era vaciar la mente y ejecutar fríamente, aunque en aquel caso tenía que contar, una sensación dolorosa y totalmente opuesta a la alegría de tocar un balón, pero era lo que incumbía en aquel instante. Los euros eran fáciles de contar, mientras que los pesos eran muchos, muchísimos, y de horrible calidad, como para querer remarcar las diferencias entre un mundo y otro. 

Fue mi ingreso al ruidoso rodeo porteño. La bienvenida de un mundo a las antípodas fascinante y miedoso a la vez. Ambas partes salieron ganando. A 13 mil km de mis orígenes percibí el parecido entre la viveza criolla y la astucia napolitana, en un continuo juego de mata-mata. Pero por una razón u otra no volví a aquel restaurante, un lugar en el que me había convertido, a los pocos días de mi llegada, en un argentino más. Por un puñado de pesos.

venerdì 15 marzo 2019

Txirimiri


Salpican gotas en la cara. Gotas de olas. Olas salvajes de un Océano inhóspito pero a la vez fascinante. Es el mar infinito que todo hace y nada resta. Es la emoción de mirar al infinito gris del agua. Amenaza. Amenidad.

Desde el cielo baja liviano el Txirimiri. A las antípodas del Mediterráneo la chacarera del mundo no se baila al sol. Sigue el ritmo de la lluvia.


Se mezclan el salitre y la dulzura. Soledad querida. El sendero se desliza entre charcos. Una telaraña atrapa al Txirimiri hasta incrustrarlo en sus entrañas. Obra maestra de una naturaleza imponente que ruge alrededor. Es el cenit de la interpretación. A través de la telaraña se ven dos mundos distintos: el del interior y el del exterior. Elegimos cuál habitar a pulso, enfocando más o menos.

Los pasos se alejan de la carretera. Ha llegado el momento. El libro que tienes en la mochila ya tiene todas sus páginas vividas. Y vívidas. Buscas agua. La de arriba y que salpica en tu cara no te basta. Lo quieres todo. Y por eso vuelves a empezar. Un paso delante de otro. Sin mirar atrás. El Txirimiri es el adiós. Las olas que saltan subliman tu experiencia. Sin saber cuándo y si volverás.