lunedì 6 febbraio 2017

MacOndo

Dicen que el realismo mágico es un cuento místico, lejos de lo terrenal, que no comulga con los cánones y los códigos convencionales. Aquel mundo creado por la imaginación de Gabo nunca había despertado demasiado mi curiosidad, hasta que no llegué a vivir algo parecido, un domingo de invierno.

MacOndo existe, aunque no tenga ningún vínculo con el que una pluma excepcional describía mil veces mejor que yo. Aún así llegué a verlo, saborearlo, paseando por sus entrañas. Mientras el río tintinaba y el sol deslumbraba caminos desconocidos pero familiares, me percataba de una sensación plácida de calor humano, en un lugar sin tiempo, sin cadenas.


Logré entrar en un cuento, un cuento real, como si hubiera sobrepasado una barrera de ficción, reglas, casillas y rejas producto de la excesiva clausura de la realidad. En el cuento todo fluía como el río, cuya agua limpia exhibía el reflejo único de unos colores fríos que se volvían cálidos. Las ataduras desvanecían bajo forma de rizos iridiscentes que emanan vida propia, mientras el poder de unas miradas daban provocaban un cosquilleo hermoso en el estómago.

De repente me convertí en duende, explorando bosques, alejando la mirada. Se amplificaban las sonrisas mientras el reloj del mundo se paraba y ni la lenta despedida del sol reducía el amor que pulsaba en las venas de MacOndo. Una sonrisa sincera acompañaba mis pasos, porque cuando estamos en un cuento no sirve ir de la mano.


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